La dolce vita
Siempre fue un enigma como nombrarla.Abuela no era porque yo ya tenía las dos.
Tía le quedaba chico.
Así que bien podría llamarla Elsa.
Ella es la protagonista de esta historia.
Los de la foto son sus hijos.
Una tarde, tendría 10 años, por fin conocí a mi abuelo.
Ella hizo lo suyo.
Ya no me engaña, sé que eligió cada regalo, desde los mantecoles hasta el vestido de volados y el libro Mujercitas, para que el abuelo llegara a verme paquete en mano, y yo lo abrazara agradecida.
De repente la vida se me llenó de tíos, con pocos años de diferencia y mucho por aprender en esto de estar juntos.
Fue increíble con ellos, tomar helados, escuchar los Beatles, enrularme el pelo, aprender folklore y que me llevaran al cine, a la plaza y al club en pleno estreno del registro de conducir.
Más increíble todavía fue saber que el amor suma, que te hace grande.
Y ella siempre detrás, inventando recetas en la cocina y cuidando de todos.
Hace unos años, estando ya sola, se volvió a enamorar.
Digámosle Fred, el mejor coequiper que la vida le tenía guardado. La malcría y se divierten como pocos.
El día de su cumpleaños número setenta, el de ella, que no es casual ,coincide con la primavera, la vimos entrar a la iglesia y cumplir su asignatura pendiente.
Era una reina cuando bajó del auto vestida de novia y al ritmo de la marcha nupcial se dirigió al altar.
La rodeamos orgullosos. Una familia numerosa de todas las edades y todos los apellidos.
Es especialista en re-unir, armar festejos, tortas galesas, familias ensambladas, y empanadas en el hormo de barro.
Como anfitriones los dos son geniales, la casa nueva los domingos es más concurrida que los bosques de Palermo, ahora se sumó el bisnieto.
Elsa y Fred siguen armando proyectos juntos, y hay que estar atentos porque en cualquier descuido ........
quién sabe si la Fontana de Trevi no es el próximo destino.
















