
Cuando era chica solía despertar con la sensación de que éramos más.
Mi cuarto era grande, lo compartía con Beatriz y por años tuve la impresión de que faltaba gente.
El resto de las hermanas, finalmente, me han ido apareciendo por ahí.
Estamos desperdigadas por el planeta pero cerquita.
Todas sabemos de todas, siempre.
Con una, la primera, compartí la vida. La torturé con los madrugones y los asaltos adolescentes a su placard, tengo que reconocerlo.
Con Milva comparto la profesión y la fecha de arribo al mundo.
Con Meli, para que enumerar si ya le escribí un post.
Esta mañana encontré algo que venía de Río,
empezaba con "Maru de mi corazón" y me enterneció el alma.
Con Mariela compartimos la intuición, -claro que la de ella siempre fue mejor que la mía-, el gusto por los colores, desayunos cuando anda cerca, y risas al sol.
Me lleva a correr hasta el desmayo, lamenta al igual que yo cuando no encuentra botas y nos hacemos una panzada en el divanmóvil cuando se puede.
Tenemos, todas, la capacidad de florecer allí donde fuimos plantadas.
La abuela Estela tiene más hijos y nietos en esta ciudad que los que hubiera soñado.
Siento que me adoptaron, y nadie sabe la alegría enorme de ser parte de ellas.
Hoy me desperté con un mail de Brasil, en-can-ta-dor
y confirmé lo que suponía a mis 8 años,
siempre fuimos más.